Hay momentos en que necesitamos decir algo aunque no sabemos qué exactamente. Comenzamos a darle vueltas, las ideas se acumulan, pero estamos tan mareados que no decimos nada por miedo a soltar un disparate, y cuando ya no podemos más y abrimos la boca... entonces no nos salen las palabras.
Papá, te escribo esto porque necesito comunicarme contigo, al menos intentarlo. No sé si será el momento oportuno o si sabré encontrar las palabras adecuadas, a lo mejor en esto me parezco a ti: me cuesta expresar mis sentimientos y remarco a lo mejor porque nada me gustaría más que fuese cierto, ésta es una de las cosas que te quería decir papá: te admiro, siempre te he admirado, desde pequeño, aunque no sé si te lo había dicho alguna vez.
Recuerdo que en la escuela hablábamos sobre el trabajo de nuestros padres, yo no sabia qué decir de ti, de tu trabajo, tan sólo sabia lo que me decía mama cuando apenas te veíamos el pelo durante la semana, y cuando estabas en casa a menudo nos reñías porque te interrumpíamos con aquellas tonterías que para nosotros eran tan importantes. “Dejad tranquilo a papá que tiene mucho trabajo” decía ella, pero no sabía qué hacías, sobre tu mesa siempre havia una calculadora y papeles en los cuales no podíamos dibujar porque eran muy importantes, así que mi infantil imaginación me llevó a decir a los demás niños que eras un agente secreto como James Bond, que aquellos papeles eran documentos secretos y que tu trabajo era siempre una misión secreta.
Pero al día siguiente de morir el abuelo me llevaste a la fábrica, recuerdo que había muchas maquinas, mucho ruido y un toro elevador en el cual me diste una vuelta y, aunque cogí una rabieta de las mías cuando no me lo dejaste conducir, enseguida se me pasó cuando me di cuenta de cómo te trataba todo el mundo, que dabas órdenes y la gente te obedecía, me impresionaba lo mucho que te respetaban. Me diste unos cuantos de tus “documentos confidenciales” para que dibujase y no me lo podía creer, estaba tan emocionado que no sabía por dónde comenzar, te observaba y te escuchaba cuando hablabas por teléfono, después comenzabas a pulsar los botones de la calculadora y copiabas los números en los papeles, comencé a imitarte, quería ayudarte. Cuando tu secretaria te interrumpía, le escuchaba con la misma atención que tú, aunque que no entendía nada y si después tu volvías a copiar los números de la calculadora yo también, era tan duro y difícil copiar tantos números que no me di cuenta de que ella había vuelto hasta que comenzasteis a reír al mismo tiempo que me mirabais, no sabía de qué os reíais, pero pensé que formaba parte de ser mayor y me vi obligado a reír y si entonces vosotros reíais más fuerte, yo también. Me cogiste en brazos y me dijiste “¡Eh socio! no tengas tanta prisa en quitarme el puesto”... desde entonces fui presumiendo por la escuela de que mi padre tenía una fábrica y que mandaba mucho, y que cuando fuese mayor yo también tendría una.
Poco a poco me ibas llevando con más frecuencia a la fábrica, incluso me dejabas ayudarte de verdad, eso me hacía sentir tan importante que le pedí a mamá que me comprase una corbata y unos mocasines para ir a trabajar contigo los sábados, ¡ah! y una maquinilla de afeitar para poder quitarme la espuma de la cara y ponerme tu colonia... los mejores recuerdos de infancia los tengo aquí, en la fábrica.
Pero ahora ya me he hecho mayor y no me gusta llevar corbata, los mocasines los he aborrecido, incluso llevo en la oreja un pendiente que tu dices que es cosa de “mariquitas” y barba de cinco días. La verdad es que no sé cuando dejé de querer ser como tu, puede que fuese el día que me di cuenta de que nunca lo conseguiría, y te confieso, que a veces, sobre todo cuando me criticabas, o cuando me reñías delante de todo el mundo y más duramente que a cualquiera, me desmoralizaba, más que nada, porque tenia la sensación de que te decepcionaba y me creía aquello que decías: “nunca serás bueno para nada”. Hasta que un día llegué a entender que no ser como tú, no significa ser peor sino, sencillamente, diferente. Papá, el hecho de que seamos diferentes no es tan malo si trabajamos como un equipo, no si luchamos como enemigos que es lo que hacemos últimamente.
Papá, no tengo ninguna prisa en quitarte el puesto, nadie de quienes trabajamos aquí nos imaginamos la empresa sin ti, quiero ser tu compañero, tu “socio”, y lo único que pretendo es aportar cosas nuevas, una parte de mi, a todo lo que tú le has dado a esta empresa familiar. No me digas que soy un soñador y demasiado impulsivo, eso ya lo sé, no me digas continuamente que me equivoco. Enséñame a no equivocar-me, enséñame cómo implantaste tus sueños en esta empresa, enséñame... cómo lo haces para que nadie de quienes trabajamos aquí nos imaginemos la empresa sin ti.
¿De verdad piensas que por qué ya soy mayor he dejado de necesitarte a mi lado?... ¿y a quien imitaría yo en el despacho entonces?.
Te quiero papa.
Publicado en:
|